Sunday, December 21, 2008

Pensamiento del día: El destino siempre da una tercera oportunidad

Un día te levantas más tarde de lo habitual. Te has quedado dormida. Haces todo lo posible por coger el autobús de siempre, para no llegar tarde al trabajo. Te tropiezas con tus propios pies mientras intentas encontrar la camisa, los pendientes, los zapatos -los de tacón no, porque hoy tendrás que correr-. Y después de todo, cuando llegas a la parada, el autobús ya se está marchando y a pesar de los gestos exagerados él no te espera. Te maldices, te sientes derrotada. Después de todo el esfuerzo. Y encima estás sudando y pegajosa. A pesar del frío que hace en esta ciudad en invierno.Tú y tu obsesión por el tiempo. Y todo para acabar perdiendo el autobús...
Así que mientras esperas el siguiente , sacas el móvil del bolso y le envías un sms a tu marido. Necesitas compartir con él tu mala suerte. Pero él no te contesta. Está en una reunión. Eso es lo que te dirá después, aunque sea mentira y tú no lo sepas o no lo quieras saber. En realidad él todavía no ha salido de la cama. Mientras tú corrías por la casa él pedía al servicio de habitaciones desayuno para dos. A ti te rugen las tripas. Ni siquiera te ha dado tiempo a tomarte el café aguado al que te has acostumbrado después de todo este tiempo. Es lo único que desayuna él. Y tú, por adaptarte, también has terminado haciéndolo. Ya comerás algo en el trabajo a media mañana, te dices siempre.
Pero tu marido no ha bebido café esta mañana y tampoco está en una reunión. Y tú ni siquiera sabes que le gusta desayunar tranquilamente en la cama, con zumo de naranja natural, tostadas y mermelada de frambuesa. Para hacer algo así contigo él nunca ha tenido tiempo. Incluso los domingos madrugaba para leer la prensa. Y tú siempre lo has comprendido y apoyado e incluso terminaste por habituarte a desayunar apenas un café solo.
Por fin llega el siguiente autobús. Te subes asqueada, con el móvil todavía de la mano, cómo te cuesta resignarte al hecho de que él no va a contestar. El trabajo, cariño, te dirá después. Es un hombre de rutinas. Dijo que llamaría a las seis. A esa hora, a la rubia que come tostadas y zumo de naranja con él, le dirá que tiene una llamada importante que hace. Trabajo, también. Pero ella sabe. La alianza que no lleva le ha dejado una marca en el dedo. Aún así, disimula, y se baja un rato al spa.
Y a las seis, cuando ya estás a punto de regresar a casa, a ti ya no te apetece contarle tu peripecia matinal. Así que la conversación se resume a los cinco minutos habituales. De todas formas, él tampoco tiene mucho tiempo, va a entrar a otra reunión. Sientes pena por él y por lo mucho que trabaja para pagar la casa en la que vivís y el coche que tenéis, porque con tu sueldo no daría ni para una cuarta parte de aquello. Y por eso te culpas cuando te entra ese sentimiento tonto y te da por pensar que, después de todo, no eres feliz. Sois como la pareja que aparece en los marcos que venden y que todo el mundo quita para poner las fotos de verdad...
Y de repente todo encaja. Todas las piezas que componen el cosmos se reorganizan ofreciéndote una nueva realidad. Pero la idea todavía no se ha formado dentro de ti. No es fácil entender los mensajes que lanza el universo.
Pero tú, sin saber del todo por qué, te has pasado la noche en blanco, dándote cuenta, por fin, en lo mucho que has cedido en esta relación. A fin de cuentas, ¿qué queda de ti? Ocho años de cafés aguados y llamadas programadas de cinco minutos. Besos apagados, huecos, la ausencia de un verdadero amor que tú has compensado con el mucho amor que tú tenías para darle... ¿Pero te ha merecido la pena? Ni siquiera un hijo te quiso dar. Ya tiene el de su anterior relación. Pero tú, con tus 33 años, todavía sientes la necesidad de ser madre. ¿También a eso estás dispuesta a renunciar? La pregunta te impide dormir...
Así que cuando suena el despertador vuelves a quedarte dormida. Y por más que otra vez salgas de la cama de un salto, cuando estás a punto de comenzar a correr, esta vez te paras y te dices: ¿para qué? Si de todas formas ya lo voy a perder... Es la primera vez en muchos años que desayunas sentada, un vaso de leche con azúcar y dos tostadas con mantequilla porque en casa no teneis mermelada. Pero aún así, te saben tan bien... Y después te vistes, y te pones tus zapatos de tacón, porque no vas a correr ni vas a llegar sudada y pegajosa a la parada del autobús.
Son las cosas del destino cuando no se captan las indirectas a la primera. Porque esta vez sí te fijas en el chico que se sienta a tu lado, el mismo que ayer te preguntó la hora. Y tú respondiste sin mirarlo, pendiente de recibir un sms en el móvil. Y hoy, como no usas reloj, también tienes que sacar el móvil para responder. Y esta vez sí tienes un mensaje de tu marido. Pero no te paras a leerlo. Con la mejor de tus sonrisas te giras hacia el chico y le dices que son casi las diez y que hoy, por segunda vez, te has quedado dormida. Él se ríe y tú te ríes con él. Y por primera vez en mucho tiempo te sientes completamente bien. Como si los fantasmas hubieran desaparecido. Y él, sin tú saberlo, al ver la sonrisa que ilumina tu cara, está dando gracias a todos los dioses de todas las religiones del planeta. Porque ayer se enamoró de ti y aunque todavía tardará algún tiempo en decírtelo, el destino le ha ofrecido esta segunda oportunidad para atreverse, al menos, a volver a preguntarte la hora.
Por cierto, en el sms tu marido te dice que llegará antes de lo previsto porque le han cancelado la última reunión. Traducido a la realidad significa que la rubia de ayer le ha cambiado por un chico mucho más joven que conoció en el spa... y que por cierto, no tiene marca de alianza en el dedo. Pero a ti se te ha olvidado ver el mensaje mientras charlabas animadamente con tu compañero de viaje, diciéndote para tus adentros lo atractivo que te parece. Y él, cuando estás a punto de bajarte del bus, se lanza a pedirte tu número de teléfono. Dudas, pero solo tienes un instante para pensar. Y no piensas. Y se lo das. Y el te llama un minuto después, mientras estás entrando por la puerta del trabajo. Y te pide que te tomes una cerveza con él al terminar la jornada. Y tú, sin saber por qué, o sabiéndolo ya pero sin querer admitirlo, le dices que sí. Dónde ha quedado ya el sms de tu marido... Que cuando llega a casa, otra vez con la alianza en su dedo, comprueba sorprendido que tú no estás, como siempre, con la cena preparada, esperándolo...
Pero tú, como eres una persona íntegra, más íntegra al menos que tu marido, mientras tomas cervezas con el chico atractivo del autobús, le cuentas que eres una mujer casada. Teneis la misma edad, pero él dice que todavía no ha encontrado la mujer de su vida... hasta ayer. Pero estas dos últimas palabras las dice en silencio. Y tú hubieras dado todo por escucharlas... Aún así, te despides de él a la hora adecuada y regresas a casa, no sin antes prometerle que os volvereis a ver, aunque sea para charlar.
El destino puede ser poco explícito las dos primeras veces, pero es mucho más claro a la tercera.
Así que después de otra noche en blanco, esta vez por los ronquidos de tu marido que no huele a reuniones, sino a zumo de naranja y sábanas de hotel, cuando suena el despertador, eres tú la que decides quedarte un rato más en la cama, lo suficiente para perder el autobús y coger el siguiente. Hoy te arreglas con más esmero de lo habitual. Y cuando llegas a la parada, con una sonrisa que ilumina toda tu cara, el mundo se te cae a los pies porque él no está. Así que durante los 15 minutos que dura el trayecto hasta tu trabajo no puedes dejar de sentirte ridícula y estúpida por haberte arreglado por un chico al que apenas conoces y además siendo una mujer casada... Y te alegras, en el último momento, de que él no estuviera hoy en el autobús. Hasta que llegas a tu parada y allí está él. Esperándote, con un ramo de flores en las manos.
No contaba con que perdieses el autobús por tercera vez, así que fue él quien decidió madrugar. Te echas a reir y le cuentas que no te has quedado dormida, sino que has elegido el bus siguiente para volver a estar con él. Sobran el resto de las palabras. Es mucho más de lo que tu marido ha hecho en los últimos ocho años...

Saturday, December 06, 2008

25 cosas que me hacen feliz -actualizada-

Comerme un helado de vainilla
Que me regalen una flor
Intentar escaparme mientras me haces cosquillas
Tu mirada traviesa
Su cuerpo peludo y eléctrico
Que me quieran
Que me mimes
Que me comprendan
Viajar sin maletas
Llorar al final de una buena película
Leer la nota que me dejaste al acostarte
Ganar sin hacer trampas
Recibir una llamada de un ser querido
Reir a carcajadas
Que me sorprendas con detalles pequeños
Despertar con un rayo de sol
Emocionarme al final de un libro
Que no me duela nada
Contar contigo
Echarme sobre tu pecho y sentirme en casa
Que no haya rabia
Soñar despierta y no hacerlo dormida
Un ataque de cariño
Un té al calor del fuego
Escribir…

Friday, July 13, 2007

El medio limón

Si en la vida no encuentras a tu media naranja y en lugar de eso encuentras un medio limón, no te asustes. Ponle azúcar y disfruta de la vida que nunca es de color de rosa pero, ¿quién ha dicho que no pueda parecerlo?

Thursday, May 24, 2007

Me llamo Henar García, un nombre tan corriente y poco apelativo que si lo escribe en un motor de búsqueda de internet le aparecerán cientos de entradas. Ninguna esas Henares Garcías profesoras, ingenieras, arquitectas o hasta jugadoras de golf soy yo. Debo reconocer que me entristece ser tan poco significante, pero tampoco estoy muy dispuesta a hacer algo por cambiar el mundo. Llámeme egoísta si quiere, no digo yo que no lo sea. Tal vez, si no lo fuera, ya me habría casado y ya habría tenido por lo menos un par de hijos. Pero, a punto de cumplir los 38, sigo soltera y ni siquiera me he emancipado. Vivo con mi padre, de 74 años, a quien en vez de cuidar por su enfermedad degenerativa, pago, junto con mis dos hermanos mayores –esos sí casados y con churumbeles- una enfermera. Ella lo cuida durante la semana. Yo me encargo de él los domingos, muchas veces de resaca y sin ninguna paciencia.
Hoy me he despertado particularmente negativa, como ya habrá podido comprobar. Supongo que es porque llueve. Odio la lluvia. Sí, ya sé que es necesaria para la supervivencia del planeta pero, no me vengan con retahílas. Cuando llueve, Madrid es un caos. El suelo resbala, los paraguas se chocan entre ellos y tengo que esquivar a una mujer mayor para que no me meta una punta en el ojo. En el metro el ambiente está cargado, más húmedo de lo normal, y casi no me deja respirar. Además, se me riza el pelo y si hay algo que odio más que la lluvia es cuando se me riza el pelo.
Aún así, como cada mañana, aunque caigan chuzos de punta, me he levantado de la cama, me he dado una ducha, me he puesto el traje de los miércoles –a lo mejor también estoy de mal humor porque no veo que esta semana termine nunca- y he salido a la calle, armada por mi paraguas azul oscuro, dispuesta a pelearme con todo un batallón de paraguas cargados de puntas mete-ojos. Para mi desgracia he llegado sana y salva a la oficina.
Estudié psicología, vertiente laboral, y poco después de terminar la carrera entré a trabajar en una empresa de trabajo temporal. Ya han pasado más de diez años. Odio a mi jefe. Es bajito y barrigudo, tiene mala leche y no me soporta. El sentimiento es mutuo. Creo que cuando se levanta de la cama ya tiene en su cabeza el pensamiento de hacerme el día negro. Y vaya que si lo consigue. Mis dos amigas, Silvia y Cristina, las dos únicas personas a las que en toda mi vida he concedido este título, insisten en que busque otro trabajo. Pero eso es precisamente lo que quiere mi jefe. Que me dé por vencida. Así él habría ganado. Sí, además de egoísta, soy una tremenda cabezota. Por eso hace más de diez años que vivo amargada por un hombre al que seguramente su mujer le pone los cuernos con el monitor de su gimnasio. Ojalá tuviera una prueba de ello. A veces, antes de dormirme, me lo imagino llegando a casa y pillándolos a los dos en la cama, él que presume tanto de la familia, sobre todo, porque yo no la tengo. No, no está bien regocijarse en las desgracias de los otros, aunque sean fingidas pero... sabe tan bien. Y además, me evita el uso de calmantes. Es lo que se llama, tratamiento natural contra la depresión y la mala leche.

Sunday, April 22, 2007

Chez Putzsa VII

El señor Puzsta recogió los platos de nuestra mesa y los llevó a la cocina, un pequeño cuadrado en cuyas paredes se incrustaba la grasa y el polvo. También hasta allí habían llegado las cajas de cartón, que una tarde, mientras preparaba su gulazs a punto estuvieron de costarle el restaurante. Él estaba en el saloncito, colocando las velitas sobre las mesas, cuando sintió el olor a humo. Echó a correr por el pasillo oscuro y llegó a tiempo de impedir la tragedia. Todo se quedó en un susto y una mancha negra en la pared. Aquella noche lavó cada uno de los platos, cubiertos y copas con especial cuidado, esforzándose por que saliesen de ellos hasta la última gota de suciedad. No quería dejar ningún rastro de nuestra presencia, como hacía siempre que tenía clientes. Limpiaba todo con sumo cuidado, intentando ser lo más silencioso posible. Estaban a punto de sonar las doce de la noche y a esa hora el patio interior del edificio, al que daba la ventana –cubierta por una reja- de la cocina, debía encontrarse en perfecto silencio para que nada interrumpiese el leve sueño del vecino del tercero, el loco. Lo único que en esos momentos se escuchaba en el restaurante del señor Putzsa era su radiocasete, que tocaba una de las óperas de Mozart, las Bodas de Fígaro. Cinque... dieci.... venti... trenta... trentasei...quarantatre... Entonaba el húngaro imitando la voz grave del tenor... Y en sus labios se dibujaba una sonrisa macabra, la misma sonrisa macabra de las noches felices en las que había tenido clientes.

Chez Putzsa VIII
Estábamos a punto de levantarnos de la mesa cuando el señor Putzsa apareció por el pasillito oscuro con una botella de licor en la mano. Nos invitó a un último trago, oferta de la casa, con aquella forma embaucadora de conseguir sus objetivos. Todos aceptamos. No podríamos haber hecho otra cosa. Después de haber consentido que nos trajese un vino abierto, que nos sirviese un sospechoso gulazs en la penumbra y que un pelo apareciese en mi postre... ¿Qué más podíamos hacer? El señor Putzsa sirvió en seis vasitos lo que él dijo que era licor de mora. Qué mala suerte la mía ser alérgica a los frutos rojos. El señor Putzsa no aceptó mi negativa, así que, para que no lo considerase una ofensa, iba llenando los vasos de mis acompañantes cuando él no se daba cuenta. Decían que la bebida era dulzona y agradable al paladar y al final se acabó la botella. El señor Putzsa, sentado a nuestro lado, no probó el alcohol. ¿No bebe? Le preguntó alguien en determinado momento. A ninguno les sorprendió su enérgico agitar de cabeza y la forma como se revolvió en la silla. Con una de sus manos se enderezó la pajarita y una gota de sudor se le formó en la frente despejada de pelo.

Chez Putzsa IX
No eran las siete de la mañana cuando alguien llamó a su puerta. El señor Putzsa aún no se había acostado. Sentado en su sillón, junto a la ventana, acariciando el lomo de su gato, recostado sobre su regazo, había visto aproximarse a la pareja de gendarmes. No se extrañó. A fin de cuentas, había sido él quien los había llamado. No soportaba más los gritos del vecino del tercero, el loco había perdido el juicio completamente. El timbre volvió a tocar y él se levantó de la butaca y se dirigió a la puerta. En el hall de entrada se miró en el espejo y enderezó la pajarita porque le pareció que empezaba a arrugársele en el cuello. La misma sonrisa lúgubre de la noche anterior volvió a asomarle al rostro y él dedujo que era la falta de sueño, pero en realidad era otra cosa. Cuando el timbre estaba a punto de sonar una tercera vez, el señor Putzsa abrió la puerta. Hace horas que está gritando. Lo ha confesado todo. Los armarios de su casa están repletos con los restos de sus víctimas. Son por lo menos dos docenas, los últimos seis, la noche pasada, en el restaurante de abajo, e hizo un gesto con el dedo, señalando hacia el suelo. La pareja de gendarmes lo observaba con gestos de asombro. Perdone, se atrevió por fin a decir uno de ellos, pero pensaba que ya estábamos en el tercero... En ese instante, el señor Putzsa sintió el roce cálido de su gato, que anudaba la cola larga entre sus tobillos y un escalofrío húmedo le subió por la espalda.
*****

Epílogo
Me salvó mi alergia a las moras. El licor estaba envenenado y mis compañeros no tardaron mucho en morir. Pero el señor Putzsa no se conformó con quitarles la vida. Y yo tuve suerte en que a mí me dejase para el final. Mientras él arrastraba los cuerpos inertes hacia el interior del restaurante, por el pasillito oscuro, estrechado por las cajas de cartón, yo conseguí escabullirme bajo las mesas. La puerta de la entrada estaba abierta y por eso logré escapar. Y él, entretenido como estuvo en descuartizar los cuerpos, no dio por mi ausencia. Pasé la noche escondida en un callejón, sin atreverme a salir. Solo al día siguiente, cuando supe que la policía lo había detenido, me armé de valor para ir a la comisaría. No hizo falta mi declaración porque él ya lo había confesado todo. Los restos de mis compañeros estaban junto a los de sus primeras víctimas. Todas habían sido escogidas al azar y lo único que tenían en común es que, en la última noche de su vida habían cenado gulazs servido por él y vino húngaro... Estará en prisión el resto de su vida. Y yo hace un año y medio que estoy en tratamiento psicológico pero todavía no he conseguido olvidar el sabor picante de su gulasz, el color de sus ojos macabros ni el timbre oscuro de su voz cuando, envuelta en una sonrisa, nos dio la bienvenida a su restaurante...

Friday, March 30, 2007

Chez Puzsta IV

De no haber sido por nosotros, el restaurante habría estado vacío también aquella noche, como casi todas las demás. Tal vez por eso, el dueño hablaba sin parar. Nos explicó las especialidades de la casa con todo lujo de detalles, acompañando sus palabras con los gestos de sus largos brazos. La carta parecía una enciclopedia, con más páginas sobre la historia de Hungría que platos de comida. Con labia y persistencia el señor Puzsta nos acabó convenciendo a tomar el único vino que tenía, un Sangre de Toro húngaro según su traducción, que nos sirvió en una botella de del año 2002, y el único plato que había preparado, gulasz. Con los pedidos anotados en una pequeña libreta, desapareció por la pequeña puerta del fondo hacia la penumbra. Regresó un par de minutos después, con pan recalentado y unos platos rebosantes de gulasz. El guiso de carne, patatas y zanahoria estaba bañado en una salsa rojiza preparada a base de paprika. La poca luz del restaurante, apenas las velas de las mesas y dos o tres pequeñas lamparitas poco iluminadas, me impedía distinguir los ingredientes. Talvez por eso me atreví a llevarme la cuchara a la boca. Después de servirnos a todos, el señor Puszta, se sentó con nosotros a la mesa. Él fue el único que no cenó.

Continuará...

Chez Puzsta V

No importaba que hiciese más de un mes desde que había entrado el último cliente. El señor Puszta cocinaba cada día, el único plato que sabía preparar: gulasz, plato nacional de Hungría. La base la había sacado de la receta de su madre, a la que él había hecho algunas alteraciones. Estaba orgulloso de ello y así lo anunciaba siempre, incluso en internet. Gulasz único, ingrediente secreto. De poco le servía. Sólo a veces, cuando estaba a punto de cerrar, aparecía una u otra persona dispuesta a cenar. Él los recibía con su mejor sonrisa y un apretón de manos. Tras convencerles a decantarse por el Sangre de Toro y el gulazs se sentaba con ellos a la mesa para charlar. Los más conversadores le devolvían el diálogo. Los menos, se limitaban a escucharle asintiendo. A él eso le bastaba. El hecho de no encontrarse solo en el restaurante le era suficiente. Sin embargo, eso sucedía con muy poca frecuencia. El resto de las noches, con el gulasz preparado en la cocina, el señor Puszta se sentaba en una de las mesas. Solo. Estaba tan acostumbrado que ya no le costaba dejar pasar los segundos, los minutos o incluso las horas sin hacer nada. Se dejaba llevar por la música de fondo y por el olor dulzón de la paprika que inundaba el saloncito. Sólo miraba el reloj una vez, para confirmar que ya pasaba de las once. Entonces, con la misma tranquilidad con la que había llegado, se levantaba, guardaba los cubiertos, los vasos y los manteles, apagaba las velas de las mesas y desaparecía por el pasillo entre las cajas apiladas.

Continuará...

Chez Puzsta VI

De postre, el señor Puzsta nos sirvió crema de nata y castañas. Y en mi plato había un pelo. Tardé un par de segundos en decidirme a hablar. Cuando lo hice, la persona que se sentaba a mi lado confirmó la presencia del vello entre el blanquecino de la nata. Fue ella la que se lo comunicó al señor Puzsta, que comenzó a hacer aspavientos con sus manos grandes, llenas de dedos gordos, en señal de asombro. Unos segundos después ya me había arrancado el plato y lo observaba con atención. Fue tan ágil como el mago que presenta un juego de cartas. Cuando todos estábamos despistados llevó dos de sus dedos hinchados al plato y tiró el pelo al suelo. El truco habría sido perfecto si yo no hubiera estado tan atenta como para descubrir la trampa. Tras deshacerse del pelo, el señor Putzsa se puso en pie, con disimulo se limpió los dedos al oscuro del pantaón, se acercó a una de las lamparitas con el plato y comenzó a exclamar a viva voz que allí no había nada. Yo sabía que no mentía pero la persona que como yo lo había visto, se levantó de la mesa y se dirigió a él. No cabía en su asombro al tener que darle la razón. Lo ha tirado al suelo, dije yo para explicar el desparecimiento del pelo, y el señor Putza me miró fijamente a los ojos. La primera vez aquella noche. Guardó silencio y en su cara se dibujó una mueca de complicidad. Ambos sabíamos que el pelo existía pero de poco me sirvió a mí saberlo. Su truco, a fin de cuentas, había funcionado, porque yo no tenía forma de probar que el pelo de mi postre estaba en el suelo. Debe de ser ése el encanto de la magia...

Continuará...

Tuesday, March 20, 2007

Chez Puzsta

Como cada mañana, el señor Puzsta se despidió de su gato antes de ir a trabajar. Cerró la puerta sin hacer ruido para no incomodar al vecino del tercero, el loco, y dio cuatro vueltas a la cerradura con la llave que luego se guardó en el bolsillo del pantalón, gris oscuro, a juego con su pajarita. Nunca esperaba al ascensor. Cuando llegó al patio interior se preguntó si le había puesto comida al gato. Como cada día, volvió a subir hasta su casa, sin hacer ruido para no molestar al vecino del tercero, el loco, y abrió la puerta dando cuatro vueltas a la cerradura. El gato lo esperaba junto a la entrada, moviendo la cola. El plato estaba vacío. El señor Puzsta preguntó al animal si ya había comido y éste respondió lamiéndose los bigotes. Ante la duda, llenó el plato hasta la mitad, suficiente para que matara el hambre en caso de no haber comido o para no sufrir un empacho en caso de haberlo hecho. Volvió a despedirse del gato con una rápida caricia sobre el lomo y volvió a cerrar la puerta dando cuatro vueltas a la cerradura, en silencio, para que no lo oyese el vecino del tercero, el loco.Por segunda vez, como siempre, se dirigió hasta la puerta del restaurante, contigua a la del portal de su casa. Subió la verja y leyó las letras amarillas pintadas sobre la cristalera, por la que se veía el saloncito, todavía en penumbra: Chez Puzsta. Restaurante Húngaro.

Continuará...

Chez Puzsta II

Cuando entré, el restaurante estaba vacío. Eché una mirada rápida sobre las mesas, apenas cuatro, iluminadas por velas. A la izquierda una hilera de cajas de cartón tapadas con una tela roja estrechaba el paso. Tuve que girarme ligeramente para sortear la primera de las mesas. En ese instante, del fondo del saloncito apareció un hombre alto, sonriendo. Bonsoir mademoiselle! Lo primero que me llamó la atención fueron sus enormes orejas, ocultas bajo una mata de pelo grisácea que desaparecía en lo alto de su cabeza, completamente desnuda. Sus ojos, con los que se atrevía a mirar fijamente, eran grandes y redondos. Nos invitó a sentarnos y comenzó a hablar. Manejaba el francés con soltura, resultado de haber vivido prácticamente toda su vida en Francia, pero el acento con el que envolvía sus palabras delataba su procedencia húngara. Mientras decidíamos qué beber, supimos que era ingeniero químico, que tenía un gato y que no podíamos hacer mucho ruido para no molestar a su vecino del tercero, porque estaba loco.

Continuará...

Chez Puzsta III

La colocación de las mesas se había convertido en un ritual. Música de fondo, clásica. Mantel, cubiertos, vasos, servilletas, velas. Mantel, cubiertos, vasos, servilletas, velas. Mantel, cubiertos, vasos, servilletas, velas. Mantel, cubiertos, vasos, servilletas, velas. Listas las cuatro mesas. Se movía de una a otra con la agilidad de un felino, esquivando los obstáculos sin necesidad de posar la vista en ellos. Estaba a punto de cumplir sesenta y cuatro años. En el mostrador del fondo, junto a una balanza antigua que hace tiempo había dejado de funcionar, apilaba decenas de libros y revistas, los que no le habían cabido en las cajas de cartón, que protegía del polvo con telas rojas. Era incapaz de deshacerse de ellas. Una puerta vieja daba a las entrañas del restaurante. Dentro, más cajas, que ya llegaban hasta el techo. Eran tantas y estaban allí desde hacía tanto tiempo que se había olvidado de su contenido. Miles de frases, millones de letras llenaban aquellos rectángulos marrones. Autores famosos, escritores desconocidos e incluso algún que otro borrador suyo. En aquella trastienda, la luz siempre estaba apagada. Era la única forma que se le ocurría al señor Puszta de no ver su fracaso.

Continuará...