Tuesday, March 20, 2007

Chez Puzsta II

Cuando entré, el restaurante estaba vacío. Eché una mirada rápida sobre las mesas, apenas cuatro, iluminadas por velas. A la izquierda una hilera de cajas de cartón tapadas con una tela roja estrechaba el paso. Tuve que girarme ligeramente para sortear la primera de las mesas. En ese instante, del fondo del saloncito apareció un hombre alto, sonriendo. Bonsoir mademoiselle! Lo primero que me llamó la atención fueron sus enormes orejas, ocultas bajo una mata de pelo grisácea que desaparecía en lo alto de su cabeza, completamente desnuda. Sus ojos, con los que se atrevía a mirar fijamente, eran grandes y redondos. Nos invitó a sentarnos y comenzó a hablar. Manejaba el francés con soltura, resultado de haber vivido prácticamente toda su vida en Francia, pero el acento con el que envolvía sus palabras delataba su procedencia húngara. Mientras decidíamos qué beber, supimos que era ingeniero químico, que tenía un gato y que no podíamos hacer mucho ruido para no molestar a su vecino del tercero, porque estaba loco.

Continuará...

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