Friday, March 30, 2007

Chez Puzsta V

No importaba que hiciese más de un mes desde que había entrado el último cliente. El señor Puszta cocinaba cada día, el único plato que sabía preparar: gulasz, plato nacional de Hungría. La base la había sacado de la receta de su madre, a la que él había hecho algunas alteraciones. Estaba orgulloso de ello y así lo anunciaba siempre, incluso en internet. Gulasz único, ingrediente secreto. De poco le servía. Sólo a veces, cuando estaba a punto de cerrar, aparecía una u otra persona dispuesta a cenar. Él los recibía con su mejor sonrisa y un apretón de manos. Tras convencerles a decantarse por el Sangre de Toro y el gulazs se sentaba con ellos a la mesa para charlar. Los más conversadores le devolvían el diálogo. Los menos, se limitaban a escucharle asintiendo. A él eso le bastaba. El hecho de no encontrarse solo en el restaurante le era suficiente. Sin embargo, eso sucedía con muy poca frecuencia. El resto de las noches, con el gulasz preparado en la cocina, el señor Puszta se sentaba en una de las mesas. Solo. Estaba tan acostumbrado que ya no le costaba dejar pasar los segundos, los minutos o incluso las horas sin hacer nada. Se dejaba llevar por la música de fondo y por el olor dulzón de la paprika que inundaba el saloncito. Sólo miraba el reloj una vez, para confirmar que ya pasaba de las once. Entonces, con la misma tranquilidad con la que había llegado, se levantaba, guardaba los cubiertos, los vasos y los manteles, apagaba las velas de las mesas y desaparecía por el pasillo entre las cajas apiladas.

Continuará...

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