Tuesday, March 20, 2007

Chez Puzsta

Como cada mañana, el señor Puzsta se despidió de su gato antes de ir a trabajar. Cerró la puerta sin hacer ruido para no incomodar al vecino del tercero, el loco, y dio cuatro vueltas a la cerradura con la llave que luego se guardó en el bolsillo del pantalón, gris oscuro, a juego con su pajarita. Nunca esperaba al ascensor. Cuando llegó al patio interior se preguntó si le había puesto comida al gato. Como cada día, volvió a subir hasta su casa, sin hacer ruido para no molestar al vecino del tercero, el loco, y abrió la puerta dando cuatro vueltas a la cerradura. El gato lo esperaba junto a la entrada, moviendo la cola. El plato estaba vacío. El señor Puzsta preguntó al animal si ya había comido y éste respondió lamiéndose los bigotes. Ante la duda, llenó el plato hasta la mitad, suficiente para que matara el hambre en caso de no haber comido o para no sufrir un empacho en caso de haberlo hecho. Volvió a despedirse del gato con una rápida caricia sobre el lomo y volvió a cerrar la puerta dando cuatro vueltas a la cerradura, en silencio, para que no lo oyese el vecino del tercero, el loco.Por segunda vez, como siempre, se dirigió hasta la puerta del restaurante, contigua a la del portal de su casa. Subió la verja y leyó las letras amarillas pintadas sobre la cristalera, por la que se veía el saloncito, todavía en penumbra: Chez Puzsta. Restaurante Húngaro.

Continuará...

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