Friday, March 30, 2007

Chez Puzsta VI

De postre, el señor Puzsta nos sirvió crema de nata y castañas. Y en mi plato había un pelo. Tardé un par de segundos en decidirme a hablar. Cuando lo hice, la persona que se sentaba a mi lado confirmó la presencia del vello entre el blanquecino de la nata. Fue ella la que se lo comunicó al señor Puzsta, que comenzó a hacer aspavientos con sus manos grandes, llenas de dedos gordos, en señal de asombro. Unos segundos después ya me había arrancado el plato y lo observaba con atención. Fue tan ágil como el mago que presenta un juego de cartas. Cuando todos estábamos despistados llevó dos de sus dedos hinchados al plato y tiró el pelo al suelo. El truco habría sido perfecto si yo no hubiera estado tan atenta como para descubrir la trampa. Tras deshacerse del pelo, el señor Putzsa se puso en pie, con disimulo se limpió los dedos al oscuro del pantaón, se acercó a una de las lamparitas con el plato y comenzó a exclamar a viva voz que allí no había nada. Yo sabía que no mentía pero la persona que como yo lo había visto, se levantó de la mesa y se dirigió a él. No cabía en su asombro al tener que darle la razón. Lo ha tirado al suelo, dije yo para explicar el desparecimiento del pelo, y el señor Putza me miró fijamente a los ojos. La primera vez aquella noche. Guardó silencio y en su cara se dibujó una mueca de complicidad. Ambos sabíamos que el pelo existía pero de poco me sirvió a mí saberlo. Su truco, a fin de cuentas, había funcionado, porque yo no tenía forma de probar que el pelo de mi postre estaba en el suelo. Debe de ser ése el encanto de la magia...

Continuará...

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