Chez Putzsa VIII
Estábamos a punto de levantarnos de la mesa cuando el señor Putzsa apareció por el pasillito oscuro con una botella de licor en la mano. Nos invitó a un último trago, oferta de la casa, con aquella forma embaucadora de conseguir sus objetivos. Todos aceptamos. No podríamos haber hecho otra cosa. Después de haber consentido que nos trajese un vino abierto, que nos sirviese un sospechoso gulazs en la penumbra y que un pelo apareciese en mi postre... ¿Qué más podíamos hacer? El señor Putzsa sirvió en seis vasitos lo que él dijo que era licor de mora. Qué mala suerte la mía ser alérgica a los frutos rojos. El señor Putzsa no aceptó mi negativa, así que, para que no lo considerase una ofensa, iba llenando los vasos de mis acompañantes cuando él no se daba cuenta. Decían que la bebida era dulzona y agradable al paladar y al final se acabó la botella. El señor Putzsa, sentado a nuestro lado, no probó el alcohol. ¿No bebe? Le preguntó alguien en determinado momento. A ninguno les sorprendió su enérgico agitar de cabeza y la forma como se revolvió en la silla. Con una de sus manos se enderezó la pajarita y una gota de sudor se le formó en la frente despejada de pelo.
Chez Putzsa IX
No eran las siete de la mañana cuando alguien llamó a su puerta. El señor Putzsa aún no se había acostado. Sentado en su sillón, junto a la ventana, acariciando el lomo de su gato, recostado sobre su regazo, había visto aproximarse a la pareja de gendarmes. No se extrañó. A fin de cuentas, había sido él quien los había llamado. No soportaba más los gritos del vecino del tercero, el loco había perdido el juicio completamente. El timbre volvió a tocar y él se levantó de la butaca y se dirigió a la puerta. En el hall de entrada se miró en el espejo y enderezó la pajarita porque le pareció que empezaba a arrugársele en el cuello. La misma sonrisa lúgubre de la noche anterior volvió a asomarle al rostro y él dedujo que era la falta de sueño, pero en realidad era otra cosa. Cuando el timbre estaba a punto de sonar una tercera vez, el señor Putzsa abrió la puerta. Hace horas que está gritando. Lo ha confesado todo. Los armarios de su casa están repletos con los restos de sus víctimas. Son por lo menos dos docenas, los últimos seis, la noche pasada, en el restaurante de abajo, e hizo un gesto con el dedo, señalando hacia el suelo. La pareja de gendarmes lo observaba con gestos de asombro. Perdone, se atrevió por fin a decir uno de ellos, pero pensaba que ya estábamos en el tercero... En ese instante, el señor Putzsa sintió el roce cálido de su gato, que anudaba la cola larga entre sus tobillos y un escalofrío húmedo le subió por la espalda.
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Epílogo
Me salvó mi alergia a las moras. El licor estaba envenenado y mis compañeros no tardaron mucho en morir. Pero el señor Putzsa no se conformó con quitarles la vida. Y yo tuve suerte en que a mí me dejase para el final. Mientras él arrastraba los cuerpos inertes hacia el interior del restaurante, por el pasillito oscuro, estrechado por las cajas de cartón, yo conseguí escabullirme bajo las mesas. La puerta de la entrada estaba abierta y por eso logré escapar. Y él, entretenido como estuvo en descuartizar los cuerpos, no dio por mi ausencia. Pasé la noche escondida en un callejón, sin atreverme a salir. Solo al día siguiente, cuando supe que la policía lo había detenido, me armé de valor para ir a la comisaría. No hizo falta mi declaración porque él ya lo había confesado todo. Los restos de mis compañeros estaban junto a los de sus primeras víctimas. Todas habían sido escogidas al azar y lo único que tenían en común es que, en la última noche de su vida habían cenado gulazs servido por él y vino húngaro... Estará en prisión el resto de su vida. Y yo hace un año y medio que estoy en tratamiento psicológico pero todavía no he conseguido olvidar el sabor picante de su gulasz, el color de sus ojos macabros ni el timbre oscuro de su voz cuando, envuelta en una sonrisa, nos dio la bienvenida a su restaurante...
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