Thursday, May 24, 2007

Me llamo Henar García, un nombre tan corriente y poco apelativo que si lo escribe en un motor de búsqueda de internet le aparecerán cientos de entradas. Ninguna esas Henares Garcías profesoras, ingenieras, arquitectas o hasta jugadoras de golf soy yo. Debo reconocer que me entristece ser tan poco significante, pero tampoco estoy muy dispuesta a hacer algo por cambiar el mundo. Llámeme egoísta si quiere, no digo yo que no lo sea. Tal vez, si no lo fuera, ya me habría casado y ya habría tenido por lo menos un par de hijos. Pero, a punto de cumplir los 38, sigo soltera y ni siquiera me he emancipado. Vivo con mi padre, de 74 años, a quien en vez de cuidar por su enfermedad degenerativa, pago, junto con mis dos hermanos mayores –esos sí casados y con churumbeles- una enfermera. Ella lo cuida durante la semana. Yo me encargo de él los domingos, muchas veces de resaca y sin ninguna paciencia.
Hoy me he despertado particularmente negativa, como ya habrá podido comprobar. Supongo que es porque llueve. Odio la lluvia. Sí, ya sé que es necesaria para la supervivencia del planeta pero, no me vengan con retahílas. Cuando llueve, Madrid es un caos. El suelo resbala, los paraguas se chocan entre ellos y tengo que esquivar a una mujer mayor para que no me meta una punta en el ojo. En el metro el ambiente está cargado, más húmedo de lo normal, y casi no me deja respirar. Además, se me riza el pelo y si hay algo que odio más que la lluvia es cuando se me riza el pelo.
Aún así, como cada mañana, aunque caigan chuzos de punta, me he levantado de la cama, me he dado una ducha, me he puesto el traje de los miércoles –a lo mejor también estoy de mal humor porque no veo que esta semana termine nunca- y he salido a la calle, armada por mi paraguas azul oscuro, dispuesta a pelearme con todo un batallón de paraguas cargados de puntas mete-ojos. Para mi desgracia he llegado sana y salva a la oficina.
Estudié psicología, vertiente laboral, y poco después de terminar la carrera entré a trabajar en una empresa de trabajo temporal. Ya han pasado más de diez años. Odio a mi jefe. Es bajito y barrigudo, tiene mala leche y no me soporta. El sentimiento es mutuo. Creo que cuando se levanta de la cama ya tiene en su cabeza el pensamiento de hacerme el día negro. Y vaya que si lo consigue. Mis dos amigas, Silvia y Cristina, las dos únicas personas a las que en toda mi vida he concedido este título, insisten en que busque otro trabajo. Pero eso es precisamente lo que quiere mi jefe. Que me dé por vencida. Así él habría ganado. Sí, además de egoísta, soy una tremenda cabezota. Por eso hace más de diez años que vivo amargada por un hombre al que seguramente su mujer le pone los cuernos con el monitor de su gimnasio. Ojalá tuviera una prueba de ello. A veces, antes de dormirme, me lo imagino llegando a casa y pillándolos a los dos en la cama, él que presume tanto de la familia, sobre todo, porque yo no la tengo. No, no está bien regocijarse en las desgracias de los otros, aunque sean fingidas pero... sabe tan bien. Y además, me evita el uso de calmantes. Es lo que se llama, tratamiento natural contra la depresión y la mala leche.

1 comment:

UnaExcusa said...

Niña... ¿Henar García te ha abducido?