Sunday, December 21, 2008

Pensamiento del día: El destino siempre da una tercera oportunidad

Un día te levantas más tarde de lo habitual. Te has quedado dormida. Haces todo lo posible por coger el autobús de siempre, para no llegar tarde al trabajo. Te tropiezas con tus propios pies mientras intentas encontrar la camisa, los pendientes, los zapatos -los de tacón no, porque hoy tendrás que correr-. Y después de todo, cuando llegas a la parada, el autobús ya se está marchando y a pesar de los gestos exagerados él no te espera. Te maldices, te sientes derrotada. Después de todo el esfuerzo. Y encima estás sudando y pegajosa. A pesar del frío que hace en esta ciudad en invierno.Tú y tu obsesión por el tiempo. Y todo para acabar perdiendo el autobús...
Así que mientras esperas el siguiente , sacas el móvil del bolso y le envías un sms a tu marido. Necesitas compartir con él tu mala suerte. Pero él no te contesta. Está en una reunión. Eso es lo que te dirá después, aunque sea mentira y tú no lo sepas o no lo quieras saber. En realidad él todavía no ha salido de la cama. Mientras tú corrías por la casa él pedía al servicio de habitaciones desayuno para dos. A ti te rugen las tripas. Ni siquiera te ha dado tiempo a tomarte el café aguado al que te has acostumbrado después de todo este tiempo. Es lo único que desayuna él. Y tú, por adaptarte, también has terminado haciéndolo. Ya comerás algo en el trabajo a media mañana, te dices siempre.
Pero tu marido no ha bebido café esta mañana y tampoco está en una reunión. Y tú ni siquiera sabes que le gusta desayunar tranquilamente en la cama, con zumo de naranja natural, tostadas y mermelada de frambuesa. Para hacer algo así contigo él nunca ha tenido tiempo. Incluso los domingos madrugaba para leer la prensa. Y tú siempre lo has comprendido y apoyado e incluso terminaste por habituarte a desayunar apenas un café solo.
Por fin llega el siguiente autobús. Te subes asqueada, con el móvil todavía de la mano, cómo te cuesta resignarte al hecho de que él no va a contestar. El trabajo, cariño, te dirá después. Es un hombre de rutinas. Dijo que llamaría a las seis. A esa hora, a la rubia que come tostadas y zumo de naranja con él, le dirá que tiene una llamada importante que hace. Trabajo, también. Pero ella sabe. La alianza que no lleva le ha dejado una marca en el dedo. Aún así, disimula, y se baja un rato al spa.
Y a las seis, cuando ya estás a punto de regresar a casa, a ti ya no te apetece contarle tu peripecia matinal. Así que la conversación se resume a los cinco minutos habituales. De todas formas, él tampoco tiene mucho tiempo, va a entrar a otra reunión. Sientes pena por él y por lo mucho que trabaja para pagar la casa en la que vivís y el coche que tenéis, porque con tu sueldo no daría ni para una cuarta parte de aquello. Y por eso te culpas cuando te entra ese sentimiento tonto y te da por pensar que, después de todo, no eres feliz. Sois como la pareja que aparece en los marcos que venden y que todo el mundo quita para poner las fotos de verdad...
Y de repente todo encaja. Todas las piezas que componen el cosmos se reorganizan ofreciéndote una nueva realidad. Pero la idea todavía no se ha formado dentro de ti. No es fácil entender los mensajes que lanza el universo.
Pero tú, sin saber del todo por qué, te has pasado la noche en blanco, dándote cuenta, por fin, en lo mucho que has cedido en esta relación. A fin de cuentas, ¿qué queda de ti? Ocho años de cafés aguados y llamadas programadas de cinco minutos. Besos apagados, huecos, la ausencia de un verdadero amor que tú has compensado con el mucho amor que tú tenías para darle... ¿Pero te ha merecido la pena? Ni siquiera un hijo te quiso dar. Ya tiene el de su anterior relación. Pero tú, con tus 33 años, todavía sientes la necesidad de ser madre. ¿También a eso estás dispuesta a renunciar? La pregunta te impide dormir...
Así que cuando suena el despertador vuelves a quedarte dormida. Y por más que otra vez salgas de la cama de un salto, cuando estás a punto de comenzar a correr, esta vez te paras y te dices: ¿para qué? Si de todas formas ya lo voy a perder... Es la primera vez en muchos años que desayunas sentada, un vaso de leche con azúcar y dos tostadas con mantequilla porque en casa no teneis mermelada. Pero aún así, te saben tan bien... Y después te vistes, y te pones tus zapatos de tacón, porque no vas a correr ni vas a llegar sudada y pegajosa a la parada del autobús.
Son las cosas del destino cuando no se captan las indirectas a la primera. Porque esta vez sí te fijas en el chico que se sienta a tu lado, el mismo que ayer te preguntó la hora. Y tú respondiste sin mirarlo, pendiente de recibir un sms en el móvil. Y hoy, como no usas reloj, también tienes que sacar el móvil para responder. Y esta vez sí tienes un mensaje de tu marido. Pero no te paras a leerlo. Con la mejor de tus sonrisas te giras hacia el chico y le dices que son casi las diez y que hoy, por segunda vez, te has quedado dormida. Él se ríe y tú te ríes con él. Y por primera vez en mucho tiempo te sientes completamente bien. Como si los fantasmas hubieran desaparecido. Y él, sin tú saberlo, al ver la sonrisa que ilumina tu cara, está dando gracias a todos los dioses de todas las religiones del planeta. Porque ayer se enamoró de ti y aunque todavía tardará algún tiempo en decírtelo, el destino le ha ofrecido esta segunda oportunidad para atreverse, al menos, a volver a preguntarte la hora.
Por cierto, en el sms tu marido te dice que llegará antes de lo previsto porque le han cancelado la última reunión. Traducido a la realidad significa que la rubia de ayer le ha cambiado por un chico mucho más joven que conoció en el spa... y que por cierto, no tiene marca de alianza en el dedo. Pero a ti se te ha olvidado ver el mensaje mientras charlabas animadamente con tu compañero de viaje, diciéndote para tus adentros lo atractivo que te parece. Y él, cuando estás a punto de bajarte del bus, se lanza a pedirte tu número de teléfono. Dudas, pero solo tienes un instante para pensar. Y no piensas. Y se lo das. Y el te llama un minuto después, mientras estás entrando por la puerta del trabajo. Y te pide que te tomes una cerveza con él al terminar la jornada. Y tú, sin saber por qué, o sabiéndolo ya pero sin querer admitirlo, le dices que sí. Dónde ha quedado ya el sms de tu marido... Que cuando llega a casa, otra vez con la alianza en su dedo, comprueba sorprendido que tú no estás, como siempre, con la cena preparada, esperándolo...
Pero tú, como eres una persona íntegra, más íntegra al menos que tu marido, mientras tomas cervezas con el chico atractivo del autobús, le cuentas que eres una mujer casada. Teneis la misma edad, pero él dice que todavía no ha encontrado la mujer de su vida... hasta ayer. Pero estas dos últimas palabras las dice en silencio. Y tú hubieras dado todo por escucharlas... Aún así, te despides de él a la hora adecuada y regresas a casa, no sin antes prometerle que os volvereis a ver, aunque sea para charlar.
El destino puede ser poco explícito las dos primeras veces, pero es mucho más claro a la tercera.
Así que después de otra noche en blanco, esta vez por los ronquidos de tu marido que no huele a reuniones, sino a zumo de naranja y sábanas de hotel, cuando suena el despertador, eres tú la que decides quedarte un rato más en la cama, lo suficiente para perder el autobús y coger el siguiente. Hoy te arreglas con más esmero de lo habitual. Y cuando llegas a la parada, con una sonrisa que ilumina toda tu cara, el mundo se te cae a los pies porque él no está. Así que durante los 15 minutos que dura el trayecto hasta tu trabajo no puedes dejar de sentirte ridícula y estúpida por haberte arreglado por un chico al que apenas conoces y además siendo una mujer casada... Y te alegras, en el último momento, de que él no estuviera hoy en el autobús. Hasta que llegas a tu parada y allí está él. Esperándote, con un ramo de flores en las manos.
No contaba con que perdieses el autobús por tercera vez, así que fue él quien decidió madrugar. Te echas a reir y le cuentas que no te has quedado dormida, sino que has elegido el bus siguiente para volver a estar con él. Sobran el resto de las palabras. Es mucho más de lo que tu marido ha hecho en los últimos ocho años...

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