Sunday, December 21, 2008

Pensamiento del día: El destino siempre da una tercera oportunidad

Un día te levantas más tarde de lo habitual. Te has quedado dormida. Haces todo lo posible por coger el autobús de siempre, para no llegar tarde al trabajo. Te tropiezas con tus propios pies mientras intentas encontrar la camisa, los pendientes, los zapatos -los de tacón no, porque hoy tendrás que correr-. Y después de todo, cuando llegas a la parada, el autobús ya se está marchando y a pesar de los gestos exagerados él no te espera. Te maldices, te sientes derrotada. Después de todo el esfuerzo. Y encima estás sudando y pegajosa. A pesar del frío que hace en esta ciudad en invierno.Tú y tu obsesión por el tiempo. Y todo para acabar perdiendo el autobús...
Así que mientras esperas el siguiente , sacas el móvil del bolso y le envías un sms a tu marido. Necesitas compartir con él tu mala suerte. Pero él no te contesta. Está en una reunión. Eso es lo que te dirá después, aunque sea mentira y tú no lo sepas o no lo quieras saber. En realidad él todavía no ha salido de la cama. Mientras tú corrías por la casa él pedía al servicio de habitaciones desayuno para dos. A ti te rugen las tripas. Ni siquiera te ha dado tiempo a tomarte el café aguado al que te has acostumbrado después de todo este tiempo. Es lo único que desayuna él. Y tú, por adaptarte, también has terminado haciéndolo. Ya comerás algo en el trabajo a media mañana, te dices siempre.
Pero tu marido no ha bebido café esta mañana y tampoco está en una reunión. Y tú ni siquiera sabes que le gusta desayunar tranquilamente en la cama, con zumo de naranja natural, tostadas y mermelada de frambuesa. Para hacer algo así contigo él nunca ha tenido tiempo. Incluso los domingos madrugaba para leer la prensa. Y tú siempre lo has comprendido y apoyado e incluso terminaste por habituarte a desayunar apenas un café solo.
Por fin llega el siguiente autobús. Te subes asqueada, con el móvil todavía de la mano, cómo te cuesta resignarte al hecho de que él no va a contestar. El trabajo, cariño, te dirá después. Es un hombre de rutinas. Dijo que llamaría a las seis. A esa hora, a la rubia que come tostadas y zumo de naranja con él, le dirá que tiene una llamada importante que hace. Trabajo, también. Pero ella sabe. La alianza que no lleva le ha dejado una marca en el dedo. Aún así, disimula, y se baja un rato al spa.
Y a las seis, cuando ya estás a punto de regresar a casa, a ti ya no te apetece contarle tu peripecia matinal. Así que la conversación se resume a los cinco minutos habituales. De todas formas, él tampoco tiene mucho tiempo, va a entrar a otra reunión. Sientes pena por él y por lo mucho que trabaja para pagar la casa en la que vivís y el coche que tenéis, porque con tu sueldo no daría ni para una cuarta parte de aquello. Y por eso te culpas cuando te entra ese sentimiento tonto y te da por pensar que, después de todo, no eres feliz. Sois como la pareja que aparece en los marcos que venden y que todo el mundo quita para poner las fotos de verdad...
Y de repente todo encaja. Todas las piezas que componen el cosmos se reorganizan ofreciéndote una nueva realidad. Pero la idea todavía no se ha formado dentro de ti. No es fácil entender los mensajes que lanza el universo.
Pero tú, sin saber del todo por qué, te has pasado la noche en blanco, dándote cuenta, por fin, en lo mucho que has cedido en esta relación. A fin de cuentas, ¿qué queda de ti? Ocho años de cafés aguados y llamadas programadas de cinco minutos. Besos apagados, huecos, la ausencia de un verdadero amor que tú has compensado con el mucho amor que tú tenías para darle... ¿Pero te ha merecido la pena? Ni siquiera un hijo te quiso dar. Ya tiene el de su anterior relación. Pero tú, con tus 33 años, todavía sientes la necesidad de ser madre. ¿También a eso estás dispuesta a renunciar? La pregunta te impide dormir...
Así que cuando suena el despertador vuelves a quedarte dormida. Y por más que otra vez salgas de la cama de un salto, cuando estás a punto de comenzar a correr, esta vez te paras y te dices: ¿para qué? Si de todas formas ya lo voy a perder... Es la primera vez en muchos años que desayunas sentada, un vaso de leche con azúcar y dos tostadas con mantequilla porque en casa no teneis mermelada. Pero aún así, te saben tan bien... Y después te vistes, y te pones tus zapatos de tacón, porque no vas a correr ni vas a llegar sudada y pegajosa a la parada del autobús.
Son las cosas del destino cuando no se captan las indirectas a la primera. Porque esta vez sí te fijas en el chico que se sienta a tu lado, el mismo que ayer te preguntó la hora. Y tú respondiste sin mirarlo, pendiente de recibir un sms en el móvil. Y hoy, como no usas reloj, también tienes que sacar el móvil para responder. Y esta vez sí tienes un mensaje de tu marido. Pero no te paras a leerlo. Con la mejor de tus sonrisas te giras hacia el chico y le dices que son casi las diez y que hoy, por segunda vez, te has quedado dormida. Él se ríe y tú te ríes con él. Y por primera vez en mucho tiempo te sientes completamente bien. Como si los fantasmas hubieran desaparecido. Y él, sin tú saberlo, al ver la sonrisa que ilumina tu cara, está dando gracias a todos los dioses de todas las religiones del planeta. Porque ayer se enamoró de ti y aunque todavía tardará algún tiempo en decírtelo, el destino le ha ofrecido esta segunda oportunidad para atreverse, al menos, a volver a preguntarte la hora.
Por cierto, en el sms tu marido te dice que llegará antes de lo previsto porque le han cancelado la última reunión. Traducido a la realidad significa que la rubia de ayer le ha cambiado por un chico mucho más joven que conoció en el spa... y que por cierto, no tiene marca de alianza en el dedo. Pero a ti se te ha olvidado ver el mensaje mientras charlabas animadamente con tu compañero de viaje, diciéndote para tus adentros lo atractivo que te parece. Y él, cuando estás a punto de bajarte del bus, se lanza a pedirte tu número de teléfono. Dudas, pero solo tienes un instante para pensar. Y no piensas. Y se lo das. Y el te llama un minuto después, mientras estás entrando por la puerta del trabajo. Y te pide que te tomes una cerveza con él al terminar la jornada. Y tú, sin saber por qué, o sabiéndolo ya pero sin querer admitirlo, le dices que sí. Dónde ha quedado ya el sms de tu marido... Que cuando llega a casa, otra vez con la alianza en su dedo, comprueba sorprendido que tú no estás, como siempre, con la cena preparada, esperándolo...
Pero tú, como eres una persona íntegra, más íntegra al menos que tu marido, mientras tomas cervezas con el chico atractivo del autobús, le cuentas que eres una mujer casada. Teneis la misma edad, pero él dice que todavía no ha encontrado la mujer de su vida... hasta ayer. Pero estas dos últimas palabras las dice en silencio. Y tú hubieras dado todo por escucharlas... Aún así, te despides de él a la hora adecuada y regresas a casa, no sin antes prometerle que os volvereis a ver, aunque sea para charlar.
El destino puede ser poco explícito las dos primeras veces, pero es mucho más claro a la tercera.
Así que después de otra noche en blanco, esta vez por los ronquidos de tu marido que no huele a reuniones, sino a zumo de naranja y sábanas de hotel, cuando suena el despertador, eres tú la que decides quedarte un rato más en la cama, lo suficiente para perder el autobús y coger el siguiente. Hoy te arreglas con más esmero de lo habitual. Y cuando llegas a la parada, con una sonrisa que ilumina toda tu cara, el mundo se te cae a los pies porque él no está. Así que durante los 15 minutos que dura el trayecto hasta tu trabajo no puedes dejar de sentirte ridícula y estúpida por haberte arreglado por un chico al que apenas conoces y además siendo una mujer casada... Y te alegras, en el último momento, de que él no estuviera hoy en el autobús. Hasta que llegas a tu parada y allí está él. Esperándote, con un ramo de flores en las manos.
No contaba con que perdieses el autobús por tercera vez, así que fue él quien decidió madrugar. Te echas a reir y le cuentas que no te has quedado dormida, sino que has elegido el bus siguiente para volver a estar con él. Sobran el resto de las palabras. Es mucho más de lo que tu marido ha hecho en los últimos ocho años...

Saturday, December 06, 2008

25 cosas que me hacen feliz -actualizada-

Comerme un helado de vainilla
Que me regalen una flor
Intentar escaparme mientras me haces cosquillas
Tu mirada traviesa
Su cuerpo peludo y eléctrico
Que me quieran
Que me mimes
Que me comprendan
Viajar sin maletas
Llorar al final de una buena película
Leer la nota que me dejaste al acostarte
Ganar sin hacer trampas
Recibir una llamada de un ser querido
Reir a carcajadas
Que me sorprendas con detalles pequeños
Despertar con un rayo de sol
Emocionarme al final de un libro
Que no me duela nada
Contar contigo
Echarme sobre tu pecho y sentirme en casa
Que no haya rabia
Soñar despierta y no hacerlo dormida
Un ataque de cariño
Un té al calor del fuego
Escribir…

Friday, July 13, 2007

El medio limón

Si en la vida no encuentras a tu media naranja y en lugar de eso encuentras un medio limón, no te asustes. Ponle azúcar y disfruta de la vida que nunca es de color de rosa pero, ¿quién ha dicho que no pueda parecerlo?

Thursday, May 24, 2007

Me llamo Henar García, un nombre tan corriente y poco apelativo que si lo escribe en un motor de búsqueda de internet le aparecerán cientos de entradas. Ninguna esas Henares Garcías profesoras, ingenieras, arquitectas o hasta jugadoras de golf soy yo. Debo reconocer que me entristece ser tan poco significante, pero tampoco estoy muy dispuesta a hacer algo por cambiar el mundo. Llámeme egoísta si quiere, no digo yo que no lo sea. Tal vez, si no lo fuera, ya me habría casado y ya habría tenido por lo menos un par de hijos. Pero, a punto de cumplir los 38, sigo soltera y ni siquiera me he emancipado. Vivo con mi padre, de 74 años, a quien en vez de cuidar por su enfermedad degenerativa, pago, junto con mis dos hermanos mayores –esos sí casados y con churumbeles- una enfermera. Ella lo cuida durante la semana. Yo me encargo de él los domingos, muchas veces de resaca y sin ninguna paciencia.
Hoy me he despertado particularmente negativa, como ya habrá podido comprobar. Supongo que es porque llueve. Odio la lluvia. Sí, ya sé que es necesaria para la supervivencia del planeta pero, no me vengan con retahílas. Cuando llueve, Madrid es un caos. El suelo resbala, los paraguas se chocan entre ellos y tengo que esquivar a una mujer mayor para que no me meta una punta en el ojo. En el metro el ambiente está cargado, más húmedo de lo normal, y casi no me deja respirar. Además, se me riza el pelo y si hay algo que odio más que la lluvia es cuando se me riza el pelo.
Aún así, como cada mañana, aunque caigan chuzos de punta, me he levantado de la cama, me he dado una ducha, me he puesto el traje de los miércoles –a lo mejor también estoy de mal humor porque no veo que esta semana termine nunca- y he salido a la calle, armada por mi paraguas azul oscuro, dispuesta a pelearme con todo un batallón de paraguas cargados de puntas mete-ojos. Para mi desgracia he llegado sana y salva a la oficina.
Estudié psicología, vertiente laboral, y poco después de terminar la carrera entré a trabajar en una empresa de trabajo temporal. Ya han pasado más de diez años. Odio a mi jefe. Es bajito y barrigudo, tiene mala leche y no me soporta. El sentimiento es mutuo. Creo que cuando se levanta de la cama ya tiene en su cabeza el pensamiento de hacerme el día negro. Y vaya que si lo consigue. Mis dos amigas, Silvia y Cristina, las dos únicas personas a las que en toda mi vida he concedido este título, insisten en que busque otro trabajo. Pero eso es precisamente lo que quiere mi jefe. Que me dé por vencida. Así él habría ganado. Sí, además de egoísta, soy una tremenda cabezota. Por eso hace más de diez años que vivo amargada por un hombre al que seguramente su mujer le pone los cuernos con el monitor de su gimnasio. Ojalá tuviera una prueba de ello. A veces, antes de dormirme, me lo imagino llegando a casa y pillándolos a los dos en la cama, él que presume tanto de la familia, sobre todo, porque yo no la tengo. No, no está bien regocijarse en las desgracias de los otros, aunque sean fingidas pero... sabe tan bien. Y además, me evita el uso de calmantes. Es lo que se llama, tratamiento natural contra la depresión y la mala leche.

Sunday, April 22, 2007

Chez Putzsa VII

El señor Puzsta recogió los platos de nuestra mesa y los llevó a la cocina, un pequeño cuadrado en cuyas paredes se incrustaba la grasa y el polvo. También hasta allí habían llegado las cajas de cartón, que una tarde, mientras preparaba su gulazs a punto estuvieron de costarle el restaurante. Él estaba en el saloncito, colocando las velitas sobre las mesas, cuando sintió el olor a humo. Echó a correr por el pasillo oscuro y llegó a tiempo de impedir la tragedia. Todo se quedó en un susto y una mancha negra en la pared. Aquella noche lavó cada uno de los platos, cubiertos y copas con especial cuidado, esforzándose por que saliesen de ellos hasta la última gota de suciedad. No quería dejar ningún rastro de nuestra presencia, como hacía siempre que tenía clientes. Limpiaba todo con sumo cuidado, intentando ser lo más silencioso posible. Estaban a punto de sonar las doce de la noche y a esa hora el patio interior del edificio, al que daba la ventana –cubierta por una reja- de la cocina, debía encontrarse en perfecto silencio para que nada interrumpiese el leve sueño del vecino del tercero, el loco. Lo único que en esos momentos se escuchaba en el restaurante del señor Putzsa era su radiocasete, que tocaba una de las óperas de Mozart, las Bodas de Fígaro. Cinque... dieci.... venti... trenta... trentasei...quarantatre... Entonaba el húngaro imitando la voz grave del tenor... Y en sus labios se dibujaba una sonrisa macabra, la misma sonrisa macabra de las noches felices en las que había tenido clientes.

Chez Putzsa VIII
Estábamos a punto de levantarnos de la mesa cuando el señor Putzsa apareció por el pasillito oscuro con una botella de licor en la mano. Nos invitó a un último trago, oferta de la casa, con aquella forma embaucadora de conseguir sus objetivos. Todos aceptamos. No podríamos haber hecho otra cosa. Después de haber consentido que nos trajese un vino abierto, que nos sirviese un sospechoso gulazs en la penumbra y que un pelo apareciese en mi postre... ¿Qué más podíamos hacer? El señor Putzsa sirvió en seis vasitos lo que él dijo que era licor de mora. Qué mala suerte la mía ser alérgica a los frutos rojos. El señor Putzsa no aceptó mi negativa, así que, para que no lo considerase una ofensa, iba llenando los vasos de mis acompañantes cuando él no se daba cuenta. Decían que la bebida era dulzona y agradable al paladar y al final se acabó la botella. El señor Putzsa, sentado a nuestro lado, no probó el alcohol. ¿No bebe? Le preguntó alguien en determinado momento. A ninguno les sorprendió su enérgico agitar de cabeza y la forma como se revolvió en la silla. Con una de sus manos se enderezó la pajarita y una gota de sudor se le formó en la frente despejada de pelo.

Chez Putzsa IX
No eran las siete de la mañana cuando alguien llamó a su puerta. El señor Putzsa aún no se había acostado. Sentado en su sillón, junto a la ventana, acariciando el lomo de su gato, recostado sobre su regazo, había visto aproximarse a la pareja de gendarmes. No se extrañó. A fin de cuentas, había sido él quien los había llamado. No soportaba más los gritos del vecino del tercero, el loco había perdido el juicio completamente. El timbre volvió a tocar y él se levantó de la butaca y se dirigió a la puerta. En el hall de entrada se miró en el espejo y enderezó la pajarita porque le pareció que empezaba a arrugársele en el cuello. La misma sonrisa lúgubre de la noche anterior volvió a asomarle al rostro y él dedujo que era la falta de sueño, pero en realidad era otra cosa. Cuando el timbre estaba a punto de sonar una tercera vez, el señor Putzsa abrió la puerta. Hace horas que está gritando. Lo ha confesado todo. Los armarios de su casa están repletos con los restos de sus víctimas. Son por lo menos dos docenas, los últimos seis, la noche pasada, en el restaurante de abajo, e hizo un gesto con el dedo, señalando hacia el suelo. La pareja de gendarmes lo observaba con gestos de asombro. Perdone, se atrevió por fin a decir uno de ellos, pero pensaba que ya estábamos en el tercero... En ese instante, el señor Putzsa sintió el roce cálido de su gato, que anudaba la cola larga entre sus tobillos y un escalofrío húmedo le subió por la espalda.
*****

Epílogo
Me salvó mi alergia a las moras. El licor estaba envenenado y mis compañeros no tardaron mucho en morir. Pero el señor Putzsa no se conformó con quitarles la vida. Y yo tuve suerte en que a mí me dejase para el final. Mientras él arrastraba los cuerpos inertes hacia el interior del restaurante, por el pasillito oscuro, estrechado por las cajas de cartón, yo conseguí escabullirme bajo las mesas. La puerta de la entrada estaba abierta y por eso logré escapar. Y él, entretenido como estuvo en descuartizar los cuerpos, no dio por mi ausencia. Pasé la noche escondida en un callejón, sin atreverme a salir. Solo al día siguiente, cuando supe que la policía lo había detenido, me armé de valor para ir a la comisaría. No hizo falta mi declaración porque él ya lo había confesado todo. Los restos de mis compañeros estaban junto a los de sus primeras víctimas. Todas habían sido escogidas al azar y lo único que tenían en común es que, en la última noche de su vida habían cenado gulazs servido por él y vino húngaro... Estará en prisión el resto de su vida. Y yo hace un año y medio que estoy en tratamiento psicológico pero todavía no he conseguido olvidar el sabor picante de su gulasz, el color de sus ojos macabros ni el timbre oscuro de su voz cuando, envuelta en una sonrisa, nos dio la bienvenida a su restaurante...

Friday, March 30, 2007

Chez Puzsta IV

De no haber sido por nosotros, el restaurante habría estado vacío también aquella noche, como casi todas las demás. Tal vez por eso, el dueño hablaba sin parar. Nos explicó las especialidades de la casa con todo lujo de detalles, acompañando sus palabras con los gestos de sus largos brazos. La carta parecía una enciclopedia, con más páginas sobre la historia de Hungría que platos de comida. Con labia y persistencia el señor Puzsta nos acabó convenciendo a tomar el único vino que tenía, un Sangre de Toro húngaro según su traducción, que nos sirvió en una botella de del año 2002, y el único plato que había preparado, gulasz. Con los pedidos anotados en una pequeña libreta, desapareció por la pequeña puerta del fondo hacia la penumbra. Regresó un par de minutos después, con pan recalentado y unos platos rebosantes de gulasz. El guiso de carne, patatas y zanahoria estaba bañado en una salsa rojiza preparada a base de paprika. La poca luz del restaurante, apenas las velas de las mesas y dos o tres pequeñas lamparitas poco iluminadas, me impedía distinguir los ingredientes. Talvez por eso me atreví a llevarme la cuchara a la boca. Después de servirnos a todos, el señor Puszta, se sentó con nosotros a la mesa. Él fue el único que no cenó.

Continuará...

Chez Puzsta V

No importaba que hiciese más de un mes desde que había entrado el último cliente. El señor Puszta cocinaba cada día, el único plato que sabía preparar: gulasz, plato nacional de Hungría. La base la había sacado de la receta de su madre, a la que él había hecho algunas alteraciones. Estaba orgulloso de ello y así lo anunciaba siempre, incluso en internet. Gulasz único, ingrediente secreto. De poco le servía. Sólo a veces, cuando estaba a punto de cerrar, aparecía una u otra persona dispuesta a cenar. Él los recibía con su mejor sonrisa y un apretón de manos. Tras convencerles a decantarse por el Sangre de Toro y el gulazs se sentaba con ellos a la mesa para charlar. Los más conversadores le devolvían el diálogo. Los menos, se limitaban a escucharle asintiendo. A él eso le bastaba. El hecho de no encontrarse solo en el restaurante le era suficiente. Sin embargo, eso sucedía con muy poca frecuencia. El resto de las noches, con el gulasz preparado en la cocina, el señor Puszta se sentaba en una de las mesas. Solo. Estaba tan acostumbrado que ya no le costaba dejar pasar los segundos, los minutos o incluso las horas sin hacer nada. Se dejaba llevar por la música de fondo y por el olor dulzón de la paprika que inundaba el saloncito. Sólo miraba el reloj una vez, para confirmar que ya pasaba de las once. Entonces, con la misma tranquilidad con la que había llegado, se levantaba, guardaba los cubiertos, los vasos y los manteles, apagaba las velas de las mesas y desaparecía por el pasillo entre las cajas apiladas.

Continuará...

Chez Puzsta VI

De postre, el señor Puzsta nos sirvió crema de nata y castañas. Y en mi plato había un pelo. Tardé un par de segundos en decidirme a hablar. Cuando lo hice, la persona que se sentaba a mi lado confirmó la presencia del vello entre el blanquecino de la nata. Fue ella la que se lo comunicó al señor Puzsta, que comenzó a hacer aspavientos con sus manos grandes, llenas de dedos gordos, en señal de asombro. Unos segundos después ya me había arrancado el plato y lo observaba con atención. Fue tan ágil como el mago que presenta un juego de cartas. Cuando todos estábamos despistados llevó dos de sus dedos hinchados al plato y tiró el pelo al suelo. El truco habría sido perfecto si yo no hubiera estado tan atenta como para descubrir la trampa. Tras deshacerse del pelo, el señor Putzsa se puso en pie, con disimulo se limpió los dedos al oscuro del pantaón, se acercó a una de las lamparitas con el plato y comenzó a exclamar a viva voz que allí no había nada. Yo sabía que no mentía pero la persona que como yo lo había visto, se levantó de la mesa y se dirigió a él. No cabía en su asombro al tener que darle la razón. Lo ha tirado al suelo, dije yo para explicar el desparecimiento del pelo, y el señor Putza me miró fijamente a los ojos. La primera vez aquella noche. Guardó silencio y en su cara se dibujó una mueca de complicidad. Ambos sabíamos que el pelo existía pero de poco me sirvió a mí saberlo. Su truco, a fin de cuentas, había funcionado, porque yo no tenía forma de probar que el pelo de mi postre estaba en el suelo. Debe de ser ése el encanto de la magia...

Continuará...

Tuesday, March 20, 2007

Chez Puzsta

Como cada mañana, el señor Puzsta se despidió de su gato antes de ir a trabajar. Cerró la puerta sin hacer ruido para no incomodar al vecino del tercero, el loco, y dio cuatro vueltas a la cerradura con la llave que luego se guardó en el bolsillo del pantalón, gris oscuro, a juego con su pajarita. Nunca esperaba al ascensor. Cuando llegó al patio interior se preguntó si le había puesto comida al gato. Como cada día, volvió a subir hasta su casa, sin hacer ruido para no molestar al vecino del tercero, el loco, y abrió la puerta dando cuatro vueltas a la cerradura. El gato lo esperaba junto a la entrada, moviendo la cola. El plato estaba vacío. El señor Puzsta preguntó al animal si ya había comido y éste respondió lamiéndose los bigotes. Ante la duda, llenó el plato hasta la mitad, suficiente para que matara el hambre en caso de no haber comido o para no sufrir un empacho en caso de haberlo hecho. Volvió a despedirse del gato con una rápida caricia sobre el lomo y volvió a cerrar la puerta dando cuatro vueltas a la cerradura, en silencio, para que no lo oyese el vecino del tercero, el loco.Por segunda vez, como siempre, se dirigió hasta la puerta del restaurante, contigua a la del portal de su casa. Subió la verja y leyó las letras amarillas pintadas sobre la cristalera, por la que se veía el saloncito, todavía en penumbra: Chez Puzsta. Restaurante Húngaro.

Continuará...

Chez Puzsta II

Cuando entré, el restaurante estaba vacío. Eché una mirada rápida sobre las mesas, apenas cuatro, iluminadas por velas. A la izquierda una hilera de cajas de cartón tapadas con una tela roja estrechaba el paso. Tuve que girarme ligeramente para sortear la primera de las mesas. En ese instante, del fondo del saloncito apareció un hombre alto, sonriendo. Bonsoir mademoiselle! Lo primero que me llamó la atención fueron sus enormes orejas, ocultas bajo una mata de pelo grisácea que desaparecía en lo alto de su cabeza, completamente desnuda. Sus ojos, con los que se atrevía a mirar fijamente, eran grandes y redondos. Nos invitó a sentarnos y comenzó a hablar. Manejaba el francés con soltura, resultado de haber vivido prácticamente toda su vida en Francia, pero el acento con el que envolvía sus palabras delataba su procedencia húngara. Mientras decidíamos qué beber, supimos que era ingeniero químico, que tenía un gato y que no podíamos hacer mucho ruido para no molestar a su vecino del tercero, porque estaba loco.

Continuará...

Chez Puzsta III

La colocación de las mesas se había convertido en un ritual. Música de fondo, clásica. Mantel, cubiertos, vasos, servilletas, velas. Mantel, cubiertos, vasos, servilletas, velas. Mantel, cubiertos, vasos, servilletas, velas. Mantel, cubiertos, vasos, servilletas, velas. Listas las cuatro mesas. Se movía de una a otra con la agilidad de un felino, esquivando los obstáculos sin necesidad de posar la vista en ellos. Estaba a punto de cumplir sesenta y cuatro años. En el mostrador del fondo, junto a una balanza antigua que hace tiempo había dejado de funcionar, apilaba decenas de libros y revistas, los que no le habían cabido en las cajas de cartón, que protegía del polvo con telas rojas. Era incapaz de deshacerse de ellas. Una puerta vieja daba a las entrañas del restaurante. Dentro, más cajas, que ya llegaban hasta el techo. Eran tantas y estaban allí desde hacía tanto tiempo que se había olvidado de su contenido. Miles de frases, millones de letras llenaban aquellos rectángulos marrones. Autores famosos, escritores desconocidos e incluso algún que otro borrador suyo. En aquella trastienda, la luz siempre estaba apagada. Era la única forma que se le ocurría al señor Puszta de no ver su fracaso.

Continuará...

Friday, February 02, 2007

Faltabas tú

Cuatro días en Lyon y lo que más echo de menos de Lisboa es su sol, y el azul intenso de Tajo cuando está a punto de fundirse en el mar. Aquí la luz es opaca, difuminada, como si estuviese expuesta a través de un filtro gris. Y los ríos que enmarcan la vieja ciudad, el Rhone, el Saone, no pueden sino sobrevivir a base de tonos marrones oscuros. En las riberas, los árboles desnudos resisten el invierno. Como los lyoneses, ojos y bocas camuflados entre gorros y bufandas. Caminan con paso ágil sobre las calles aderezadas con sal. La nieve tan solo resta sobre algunos tejados y en un par de días ya habrá desaparecido, como el recuerdo de mi imagen comprando un croissant...
La fila para embarcar ya se ha formado pero yo no tengo prisa por dejar de escribir. De fuera del cristal el avión espera bajo un cielo plomizo que estoy a punto de atravesar. Al otro lado de las nubes el sol aguarda paciente, el mismo sol que en estos momentos debe de iluminar las aguas azuladas del Tajo. La fila avanza progresivamente, ya casi no hay personas sentadas. Pero yo sigo escribiendo porque todavía no he dicho lo fundamental. Son sólo dos horas excasas para volver a estar juntos. En el aeropuerto de regreso podré reencontrarme con tu voz. Te he echado de menos, me dirás mientras me abrazas. Para mí no ha sido diferente. ?Sabes qué? No solo faltaba en Lyon la luz lisboeta... También le faltabas tú.

La parada de Saint Paul

Me gusta escribir historias, construirlas, contarlas... Ése es básicamente mi trabajo. La diferencia es que aquí no tengo que limitarme a los hechos. Puedo contar la realidad, no como pasó exactamente, sino como podría haber pasado. Pero a veces la realidad es tan fascinante que no hace falta exagerla. Otras, un toque de imaginación transforma un día simplemente gris en la anticipación de una tormenta. Por ejemplo, el otro día iba yo en el autobús... perdón, debo empezar a contar la historia un poco antes. El otro día estaba esperando en la estación del autobús cuando a mi lado pasó una pareja. No puedo decir nada sobre ella porque no me fijé demasiado. Probablemente tampoco me habría fijado en él si no hubiera sido porque en ese momento se paró a saludar a otra chica. Era temprano y estábamos en una calle junto a la plaza des Terraux, por la que a esa hora no pasan casi coches, por lo que sus saludos parecieron amplificados. Me giré y los observé durante apenas unos segundos. No presté atención a lo que dijeron porque hablaban en francés. Fue un saludo rápido así que puedo suponer que intercambiaron preguntas de cortesía y se despidieron sonriendo. Después, la pareja siguió su camino y la joven desapareció de mi vista girando en la primera esquina. Y yo me olvidé de ellos. Durante los cuatro minutos que pasaron hasta que llegó el autobús debí de pensar en que aquel era mi último día de trabajo. Al siguiente regresaba a Portugal. Llegó mi autobús. Pagué el euro y medio y me senté en el sitio habitual, el que normalmente nadie escoge porque es uno de los peores. Está encima de la rueda delantera y al contrario, así que ves la calle al revés y hay quien llegue incluso a marearse. La ventaja es que te permite observar a las personas que viajan en el autobús y a mí eso me gusta mucho.
Cruzamos el río Saone y giramos a la derecha, que es mi izquierda porque yo viajo al contrario. Creo que la primera parada después del puente se llama Saint Paul. Lo recuerdo porque lo leí mientras se detenía el autobús. Las fachadas de las casas, con sus ventanas alargadas y sin cortinas se reflejaban en el agua. Y al otro lado del río vi una iglesia escondida entre dos edificios. Supongo que es la iglesia de Saint Paul y de ahí el nombre de la parada... No lo sé. Lo que me resulta llamativo siempre que paso es ver que la iglesia está flanqueada por dos edificios más nuevos, como de principios del siglo pasado, que parecen cortarle la respiración. No tiene escapatoria, está presa por ambos lados. Pensaba en la agonía de la iglesia lyonesa de Saint Paul cuando vi, a través del cristal, una cara conocida. Esto sí que es un hecho absolutamente sorprendente teniendo en cuenta que es la cuarta vez que viajo a Lyon y que no conozco en esta ciudad a más de veinte personas. Pero así era. Hagamos cuentas. Cuatro minutos esperando al autobús. Otros dos más para frenar, subir, pagar, sentarme y arrancar. Y otros tres para cruzar el río Saone y llegar hasta la parada de Saint Paul. Total: alrededor de diez minutos.
La cara conocida echó a correr para no dejar escapar al autobús. Era el chico que aproximadamente diez minutos antes había saludado a la francesa que había desaparecido de mi vista girando en la primera esquina de una zapatería en la que cada mañana paso el tiempo a la espera del bus. Mientras el francés pagaba su billete al conductor eché un vistazo rápido por el otro lado del cristal y vi a la que supuse que era su acompañante de antes que se disponía a cruzar la carretera. Antes de hacerlo tuvo tiempo de saludar con la mano al chico que la correpondía desde dentro. Después el autobús arrancó. Y entonces yo me fijé mejor en él. Era alto y aunque llevaba un abrigo largo de paño gris se apreciaba que era bastante delgado. Usaba un gorro negro y una bufanda a juego con sus guantes, así que lo único que quedaba a la vista era su rostro. Aún así me pareció bastante atractivo. Tenía los ojos claros, azules desde mi posición y una nariz aguileña y proporcionada que le daba un perfil atrevido y sexy. Siempre me han gustsado las narices grandes. Le cubría la cara una barba de tres o cuatro días, aunque pueda parecer un tópico. Cuando el bus había avanzado algunos metros el francés de ojos claros decidió sentarse, escogiendo uno de los asientos del final del vehículo, justo al lado de una chica en la que no me había fijado hasta entonces. Se podría decir de ella que era rubia aunque en realidad su pelo era castaño claro. Lo tenía largo y se lo sujetaba con una diademita fina en tonos dorados. También usaba un abrigo de paño oscuro por encima de unos pantalones vaqueros. Me llamaron la atención sus zapatos. Si en el cuello usaba una bufanda gruesa de lana que le daba varias vueltas, en los pies su único atuendo eran unas francesitas delicadas sobre unas medias de cristal transparentes. Sé que pensé en el frío que yo pasaría si en vez de mis calcetines de algodón y mis botas altas usase aquellos zapatitos. Sin embargo, tuve que reconocer que le sentaban perfectamente bien y le daban un toque de fantasía que me de produjo una leve sensación de envidia. Otro detalle que no me pasó desapercibido fueron sus uñas, pequeñitas, recortadas y pintadas de un rojo intenso. Las vi cuando sacó un lector mp3 del bolsillo y con un gesto rápido cambió de música, o eso creo. En ese mismo momento el francés de nariz afilada hizo lo mismo. Primero se guardó los guante en el bolsillo y después de colocó los auriculares. Los brazos de ambos se rozaban pero sus miradas nunca se encontraron. Tampoco se cruzaron con la mía, que los observaba con disimulo, intercalando vistazos rápidos a la calle para no delatar mi curiosidad por ellos. ?Por qué había elegido él sentarse a su lado cuando había tantos lugares vacíos? ?Se habría fijado, como yo, en la elegancia de sus facciones y la tranquilidad de sus gestos? ?Habría visto ella cómo él se despedía de la otra joven que cruzó la calle esquivando los coches? ?Le habría llamado la atenció su nariz perfilada y su barba sin hacer? Probablemente no y todo eran imaginaciones mías. O probablemente sí y entonces ellos dos disimulaban mucho mejor que yo...

Monday, January 22, 2007

Las Pequeñas Memorias

Se llega a Azinhaga, esta tierra ribatejana, a través de una carretera de piedra flanqueada por dos hileras de plataneros. A un lado, los campos de maíz; al otro, la hermita de las fiestas del Corpus Cristi. Ya no es la misma Azinhaga que lo vio nacer, pero los azinhaguenses no olvidan a su Zezito, a José Saramago, el muchacho que pasaba aquí los veranos, entre la barbería de su amigo músico, José dos Reis, con quien tanto jugó a las damas, y la zapatería en la que se sumaba a las tertulias improvisadas...
Que llegaría lejos vaticinaron sus amigos de entonces y no se equivocaron. Para su tocayo, José dos Reis, más lejos no podría haber llegado.
En Azinhaga existe hoy una biblioteca con el nombre de José Saramago, el único Premio Nobel de Literatura de Portugal. Delante de la entrada los azinhaguenses han plantado un olivo al que otra gran amiga de Saramago bautizó con el nombre de Pilar. Otilinda vive al lado, junto a los naranjos y los recuerdos, y no se olvida de su querido Zé, con quien correteaba entre las higueras y los peldaños junto al horno, lugares de la juventud de ambos que el escritor ha incluido en su último libro: Las pequeñas memorias.
Y también el río Almonda, el de entonces, lleno de vida, en el que los patos desfilaban, al ponerse el sol, de regreso a casa.

Dónde está la frescura
dónde están los paseos en barco
Era domingo
novios enamorados
remaban y sonreían
y sus rostros brillaban
Era domingo
la familia, la comida,
la sardina asada
el canturreo, el bailoteo,
la pesca, la siesta
las miradas intercambiadas
los besos que se daban
el vino que se bebía
el amor que se hacía
Y los sauces y los fresnos sonreían


Mataram-te Almonda

Murió aquel río pero no el cariño de los azinhaguenses por su paisano. Con todos los honores lo recibieron en su 84 cumpleaños. Y aunque no sigan en pie las paredes en las que se oyó su primer llanto, Azinhaga espera poder erigir en su honor la Casa-Museu José Saramago. Hasta entonces, sus amigos le envían un abrazo, esperan que vuelva pronto y desde aquí lo invitan a las fiestas de mayo.

Fragmento de la entrevista en la Cadena Ser
22 de enero de 2007
José Saramago agradeció emocionado el recuerdo de los veranos adolescentes en su Azinhaga natal.

Tuesday, January 02, 2007

El año nuevo

Faltaban apenas unos minutos para las doce de la noche cuando sonó su teléfono. No esperaba la llamada. En la televisión, el canal internacional mostraba el reloj de la Puerta del Sol. La plaza rebosaba sonrisas y botellas de champán. El toque del teléfono era insistente, llenando el silencio de la habitación. Dos camas. Sólo una ocupada. Un par de platos sucios y restos de un té de frutas, frío. Él se incorporó despacio, habituándose al sonido rítmico del teléfono. Sabía que era ella, la única que conocía el número del hotel porque él mismo se lo había dado. La imaginó hablando con la recepcionista, preguntando por el número de su habitación. Ese pequeño gesto debería haberle supuesto todo un esfuerzo, sobre todo, porque lo habría tenido que hacer en francés. No perdía nada por atender y escuchar su voz. Después de todo, la echaba de menos. Y al aroma fresco de su piel húmeda, cuando se colaba en la ducha en la que se enjabonaba el cuerpo. Sabía que ella lo detestaba y aún eso él insistía en hacerlo. De otra forma, eran raras las veces en las que podía verla desnuda. Hace frío. Me duele el cuerpo. Estoy ocupada. Las excusas se habían multiplicado durante los últimos meses. Y las veces que hacían el amor se contaban con los dedos de los pies. Aún así, añoraba su sonrisa presumida y su aire de superioridad cuando confirmaba que sabía algo que él desconocía. No podía imaginar que él mentía, mejor dicho, que disimulaba. Lo hacía para ver el brillo en sus ojos e intuir su sensación de victoria. Pero aquellos pequeños momentos de complicidad se habían ido esfumando, como el humo de un cigarrillo que te obligan a apagar. Y por eso él había decidido marcharse de su lado. Con todo el dolor de su corazón. Y no porque sospechase que en su vida había otro. Habría preferido que fuese así porque no le habría más quedado más remedio que olvidarse de ella. Pero ella ni siquiera le pudo dar ese argumento. Ella no mentía. No disimulaba. Y él se fue sabiendo que seguía enamorado. El amor no era suficiente. La monotonía fue más poderosa.
El teléfono dejó de sonar y en el canal internacional un famoso presentador vestido con una capa negra le deseó un feliz año. Superficial. Irónico. En la mesilla, junto al teléfono que no se había atrevido a descolgar, todavía estaban las doce uvas. Las había preparado con la intención de comérselas, de empezar una vida diferente en solitario. Con más tristeza que rabia se las metió todas en la boca y saboreó el zumo dulzón. Detestaba las uvas y sólo comía doce al año. Le entraron al mismo tiempo unas enormes ganas de vomitar y de llorar. Se aguantó las dos porque quería ser un hombre nuevo. Se había propuesto no volver a derramar una lágrima y tenían que empezar a gustarle las uvas. Pero el teléfono volvió a sonar. Y esa segunda vez no fue tan fuerte. Descolgó de inmediato e intentó hablar, pero las uvas sin masticar se lo impidieron. Fue entonces ella quien dijo la primera palabra. En realidad fueron dos: Te quiero. Y él, al escucharlas, escupió las uvas sobre la colcha de la cama y desató a llorar. Se puede cambiar de año en segundos, pero no se cambia tan rápido de piel.
Promesas de él para el año nuevo: No colarse en su bañera.
Promesas de ella para el año nuevo: Invitarlo a colarse en su bañera.

Wednesday, December 20, 2006

Si te vendes demasiado barato te estarás quitando valor.
Si te vendes demasiado caro nadie te querrá comprar.
Por eso, véndete al precio justo. La culpa no será tuya si no consigues convencer al primer comprador. Cuando venga el segundo y te compre, el primero se arrepentirá de no haberse quedado contigo.

Tuesday, December 05, 2006

Neuville Sur Saône

El Saône se abre camino entre dos laderas pobladas de árboles. Sobre el verde se dibuja un manto castaño. Las ramas lloran sus hojas secas. El cielo está plomizo y se repite en el agua oscura, tranquila. Atrás queda Lyon y sus calles medievales. Pequeñas casitas de piedra poblan el paisaje. Tejados inclinados y persianas de madera. El coche se detiene en Neuville sur Saône. El Lyon D´Or es una pensión escasa de dorado. Tras la barra, una francesa casualmente rubia sirve cafés. En la última mesa, junto a la ventana, una mujer de labios rojos y pelo negro recogido en un moño, espera, parece impaciente, golpeando rímicamente el suelo con su tacón. Cuando entro, levanta sus ojos pintados hacia la puerta. Desilusionada me observa durante unos instantes y vuelve a hacerlo cuando paso junto a ella, con un juego de llaves en la mano. Tres palabras en francés me sirven para explicar que sólo me quedaré una noche. Las escaleras de madera crujen bajo mis pies. La maleta pesa. Casi a oscuras recorro el pasillo. Por fin estoy en la habitación. Una paloma se posa en la ventana desde la que se ve el viejo Saône. Los colores tristes le hacen juego al día, como a mi cuerpo. Me pierdo en la estampa de este momento extraño, tan lejos de ti. Compenso tu ausencia con un croissant. Me sabe a poco sin el azúcar de tus besos. Paseo por las calles, buscando en los rostros extranjeros tu mirada, aunque puede que la única extranjera aquí sea yo. Después de vagar sin rumbo, no sé durante cuánto tiempo, regreso al hotel, palabra excesiva para estas cuatro paredes. Todo huele a húmedo, a derrota, a soledad. Por eso no me quedo y regreso en el mismo taxi que me trajo hasta aquí. De nada sirven las victorias si no tenemos con quien celebrarlas... De poco sirve hacer realidad los sueños si nos sobra demasiado tiempo para seguir durmiendo....

Tuesday, November 21, 2006

Un delfín en tu cintura

Anoche soñé que salvaba a un delfín… y me sentía tan bien, empujándolo contra las olas, entre las personas que se bañaban y contemplaban la escena estupefactos. A mí no me importaba. Sabía que debía luchar contra la arena para devolver el delfín al mar. Al final, con la ayuda de un muchacho tímido que se acercó hasta mí, lo conseguimos. Y fui feliz. Por haber salvado su vida. Lo vi alejarse moviendo la cola, dejando una estela blanquecina entre los azules del cielo y del mar. Era un día de verano, sin nubes. Y después, por arte de magia, apareciste tú. Llevabas un vestido rojo y zapatos de tacón. Estábamos en un bar, oscuro, la música sonaba de fondo. No recuerdo la canción, tampoco que tu pelo fuera tan liso y oscuro como el que usabas anoche. Un mechón espeso te cubría la frente y parte de tu ojo izquierdo. El otro, completamente al descubierto, color azabache, me miraba con atención. Era rasgado, llamativo, como toda tú. Traías una bandeja en la mano y me preguntabas si quería más vino. Te dije que sí y llenaste mi copa, casi hasta el borde, sin dejar de reír. Mostrabas unos dientes diminutos, como tu cintura, oculta bajo el tejido de motivos orientales. Di un trago mientras tú te alejabas de mí. Quise ponerme de pie y seguirte, pero no lo conseguí. Después todo cambió. Era un paisaje verde, lluvioso. Varias nubes negras amenazaban desde el cielo. A mi alrededor había personas que no reconocía. Todos me hablaban al mismo tiempo. La cabeza me daba vueltas. Pensaba en ti. En tu sonrisa tímida. En tu ojo rasgado oculto bajo el mechón de pelo. En tu cinturita estrecha. En la forma coqueta con que me serviste el vino. Te busqué entre las caras y no te encontré. Eras el delfín al que había dado la libertad. Al que había salvado la vida. Te dejé marchar sabiendo que te quería. Si no lo hubiera hecho, creo que habrías muerto a mi lado...Estúpido sueño del que me despierto jadeando. Tengo la frente húmeda. La habitación está negra, apenas los números verdes del despertador que indican las cinco y diez. Y once en el instante en que te siento respirar. A mi lado. Duermes. No quiero encender la luz por miedo a despertarte. Me dejo caer sobre la almohada y respiro. Ahora lo recuerdo todo. Junto a la cama, tendido en el suelo, hay un vestido rojo y unos zapatos de tacón. Recorro mi mano por tu cuerpo, sintiendo el tacto suave de tu piel. Me detengo en tu cinturita estrecha, en la que anoche besé el tatuaje de un delfín. Ahora lo entiendo. Sé que no puedo pedirte que te quedes porque morirías junto a esta orilla que soy yo. Pero no te dejaré escabullirte de mi vida mar adentro. Si tú quieres, nadaremos juntos. Hacia donde tú me digas. Seguiré la estela espumosa que dejes al caminar...

Wednesday, November 15, 2006

Las travesuras de la niña mala

Érase una vez un niño bueno que se enamoró de una niña mala que no lo amaba porque no se atrevía a hacerlo. Lo único que este niño bueno quería era hacerla feliz. Pero la niña mala pensaba que la felicidad era otra cosa, que la felicidad no la daba el amor, sino el poder y el dinero. Y aún así, a pesar de no querer al niño bueno como a él le hubiera gustado, la niña mala se dejaba querer porque, en lo más hondo de su alma, sabía que si lo perdía, ella se transformaría en la nada. El niño bueno la amó de aquella forma porque la vida hizo de esa materia. Nunca quiso ser rico ni poderoso porque estaba convencido de que lo que él le ofrecía a la niña mala era mucho más fuerte que lo que cualquier otro hombre con esas características le podía dar. Pero ella siempre los prefería a ellos, a los ricos y a los poderosos, que le daban la seguridad, autoestima y mucha ropa nueva. Al final, la ropa, como todo, se acaba tirando a la basura cuando está viejo. ¿Y tú, niña mala? ¿Qué pasará cuando no tengas el aspecto de jovencita atrevida que tienes ahora? ¿También acabarás tú tirada a la basura? ¿O estará ahí el niño bueno para devolverte la sonrisa cuando los ricos y poderosos te desprecien por no haber llegado a convertirte nunca en lo que ellos son?

Gracias, Mario Vargas Llosa por habernos contado Las travesuras de la niña mala. Mientras las leía amé a la niña mala como lo hizo el niño bueno y de la misma forma la odié. Al final, caí rendida a sus encantos, como lo hiciste tú. Como lo hará cualquiera que se atreva a leer su historia y a creerse sus travesuras.

Sunday, November 12, 2006

Bienvenido Abel

La barriga de una madre es como el mundo en el que tenemos todo lo que necesitamos para vivir. Lo conocemos, nos habituamos a él y, a pesar de la falta de espacio, estamos a gusto. Y Abel más que nadie. Por eso se resistía a salir. Pero este domingo, tras 12 largos días de indecisión, el travieso Abel se atrevió a dar el salto. Eran las siete de la mañana cuando dio la primera señal. Al otro lado de la barriga del mundo, su madre se despertó. No le restaron dudas. De camino al hospital, imaginó la cara del niño que estaba a punto de nacer, la misma cara que luego acompañaría al cuerpecito que acunaba en sus brazos, mientras le sorbía uno de los dos pechos con avidez, con el hambre que debe de darle a uno nacer. Sus abuelos, avisados desde la primera hora de la mañana, esperaron impacientes en la sala de espera la llegada del primer nieto. Durante las últimas dos semanas se las han pasado echándole ojeadas al calendario para comprobar los cambios de la luna. Ya han perdido la cuenta y, al final, no saben si has nacido con nueva, con llena o con cuarto menguante. El caso es que por fin has llegado, con 3 kilos y 300 gramos de peso y 51 cm de alto.
¿Lanzarse al vacío es como subirse a la montaña rusa? Es una pena que, ahora que sólo han pasado unos minutos no puedas contárnoslo y que, cuando tengas capacidad para hacerlo, ya lo hayas olvidado. Tampoco te preocupes con eso demasiado. Déjate mimar y mientras tanto limítate a crecer. Como tú mismo irás comprobando, en este lado del universo al que acabas de llegar, todo es un poquito más grande que en la barriga del mundo, pero acaba siendo más o menos lo mismo. Es sólo una cuestión de tiempo.